#UnLugarConParlantes – «Valedores Juveniles», de El Haragán y Cía.

El Haragán siempre estuvo ahí, sonando en todos lados; las calles, los mercados, el tianguis, camino a casa de un amigo, dondequiera se escuchaba una canción de El Haragán.

Alguna vez, platicando con Luis Álvarez, por todos conocido como «El Haragán», hablábamos de la importancia de «Él No Lo Mató» en la escena del rock nacional, una canción real, una historia real que se vive en México todos los días, sin importar que sea de 1990 o del 2020, y del por qué, hoy en día, ya no hay canciones de ese corte, que reflejen lo que sucede en las calles. No, hoy todos hablan y cantan sobre el amor y el desamor.

Ahora que lo recuerdo, El Haragán siempre estuvo ahí, sonando en todos lados; las calles, los mercados, el tianguis, camino a casa de un amigo, dondequiera se escuchaba una canción de El Haragán, y, a decir verdad, siempre me provocó cierta nostalgia la voz de Luis Álvarez.

En la primaria, la secundaria y la preparatoria, nunca faltó el compañero con su playera de El Haragán, cantando «Él No Lo Mató», «No Estoy Muerto», «Mi Muñequita Sintética» o ese rolón que es «A Esa Gran Velocidad», entre otros tantos clásicos del rock urbano, como decidió catalogarlo la industria, quizá como una forma de marginación, y que algunas bandas lo adoptaron con muchísimo valor.

Para 1990, año en que fue lanzado Valedores Juveniles, el disco debut de El Haragán, se dice que en México hubo un movimiento muy fuerte en la escena del rock, pero existió un puñado de bandas que, lejos de querer sonar como The Cure o Sisters of Mercy, hizo la cosa más simple, tomando como inspiración lo que sucedía en las calles, en el barrio, donde nacen los campeones mundiales, y ahí podríamos hablar de un rock nacional más puro y sincero, sin poses ni nada de parafernalia.

Por distintas razones, muchos años después tuve mi primer episodio con el rock urbano, en medio de una borrachera entre amigos que, de la nada, hicieron sonar «A Esa Gran Velocidad», un rolón, y conecté de inmediato con lo que decía el cantante, Luis Álvarez; me llamó la nostalgia que se deslizaba en frases como «una dulce carcajada, ahogada en humo y alcohol», y por canciones como esa, cuestión aparte, decidí escribir sobre música y el impacto que ésta tiene -o puede tener- para toda una generación, y, sin duda, El Haragán ha sido uno de los pilares del rock nacional y un referente obligatorio.

Quizá la historia de las calles de la Ciudad de México, las que viven muy de cerca los embates de la marginación social, sería muy distinta sin canciones como las de El Tri, Rockdrigo González, La Sonora Santanera, la Matancera y El Haragán, entre muchas otras, pues la conexión es instantánea; rolas como «Abuso de Autoridad» (El Tri) o «Él No lo Mató» (El Haragán) siguen sonando actuales, como si hubiesen sido compuestas en pleno 2020, de ahí su riqueza.

Resulta, a veces, incomprensible que la historia de El Haragán no haga tanto eco cuando se habla de rock mexicano, como si viviera en un mundo aparte. Pasan los años, bandas surgen y muchas se separan, pero ahí sigue El Haragán y otras tantas como Banda Bostik, Tex-Tex, Charlie Monttana, El Tri, que, de alguna forma, siguen dándoles sentido a la vida abajo de las banquetas.

Ahora que nos encontramos en medio de un encierro que parece no tener fin, la música suele ser más que un refugio; es quizá el enlace con otra realidad, una menos sangrienta y más amable, y un disco como Valedores Juveniles es una buena forma de recurrir al recuerdo y al deseo de salir del confinamiento con una manera distinta de pensar y de actuar, ya dependerá de cada quien. Y así, en cierto modo, ha sido la historia de El Haragán, como él mismo lo dice «él es sólo un mal rocanrolero, con las palabras amontonadas, ebrias y locas», como lo hemos sido todos alguna vez.

Hace unos años, hablando con Luis Álvarez, platicamos sobre su deseo de hacer discos que quedaran registrados en la historia, pero en la historia de la gente más que del rock nacional; que sea la gente la que cuente su propia historia con las canciones de El Haragán, ya sea haciendo el quehacer o en algún toquín en Ecatepec o Neza, o donde sea, pero que las personas tengan ese vínculo con un disco o una canción.

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